LA PALABRA

Por Vicente M. Mota (Mansur)


¿Qué es realmente la Palabra?


En un momento que sólo el Altísimo conoce, decidió darse a conocer a Sus criaturas a través del lienzo de Su creación. Sin embargo, aquellos que supieron percatarse con sus corazones de que tras aquella obra había un Ser Todopoderoso y Amoroso, anhelaron conocerle con todas sus fuerzas. Desde aquel momento, se implantó en sus almas la esperanza de alcanzar el medio que les permitiese saber de Él, pues anhelaban con fervor conocer a quien les había agraciado con tantas dádivas. Fue, entonces, cuando el Señor se reveló a ellos con Su Palabra.


La Palabra. Haz de luz divina, que aunque en cada momento en que desea manifestarse debe germinar en lo más oscuro del fango de lo contingente, sabe brotar esplendorosa para iluminar el espíritu de todo aquel que quiere escuchar los ecos de lo eterno.


La Palabra. Una luz que no precisa de ojos para ser vista, sino de corazones limpios y receptivos que sepan albergar dignamente a tan ilustre huésped.


La Palabra no precisa ni necesita que se crea en ella para existir, pues ella, en sí misma, es la prueba de una esencia que trasciende el ser y el estar.


La Palabra es como un árbol hermoso y robusto que, aunque su semilla tiene que ser enterrada en la oscuridad de lo perecedero para poder germinar, sabe adaptarse y enraizarse fuertemente en la tierra, para después, elevar sus ramas al cielo y ofrecer sus mejores frutos.


Y henos aquí, nosotros, ínfimas motas de un fugaz y fatuo polvo que, gracias a Su Palabra, disfrutamos del inmenso don de experimentar el indescriptible gozo de sentir cómo el flujo de la Luz divina e imperecedera recorre todo nuestro ser.


Nosotros, aquellos que decimos ser herederos de la Palabra –sin ser verdaderamente conscientes de ello–, debemos mantener nuestros corazones limpios, no sea que el Altísimo los desahucie y nos deje indigentes de Su Palabra.


La Palabra es el embajador de la inconmensurable misericordia, del ansiado perdón, de la anhelada esperanza, del gustoso sacrificio, de la entrega absoluta y del amor incondicional.


Allâh concede y quita la palabra, arrebatándola a quien quiere y agraciando con ella a quien Él quiere; de tal modo, que puede enmudecer el corazón del charlatán y hacer locuaz los mudos gestos del amante.


Él nunca falta a Su Palabra, pues es un Ser de Palabra. Él tiene la Palabra y a Él le pertenece. Hacemos nuestra Su palabra, pero Él no hace de la nuestra la suya. Y aunque Su Palabra vale más que mil imágenes, mil vidas o, incluso, mil sueños, toda imagen no es sino una instantánea multidimensional de Su Palabra.


Y si hemos de llenar nuestra boca con el pan que nos da la vida terrenal, no por ello la Palabra deja de oírse, pues palpita en nuestros espíritus y, gracias a ella, saben encontrar las justas palabras para expresar el reconocimiento, el agradecimiento y la alabanza.


Lo primero que recibió el profeta Muhammad –la paz sea con él–, fue la Palabra de su Señor. Una noche, en la que el Profeta se encontraba en la cueva de Hira a las afueras de La Meca, en aquellos retiros en los que buscaba que el silencio le arropase con la manta del apaciguamiento y el sosiego, se le apareció el ángel Gabriel en forma humana. Éste se acercó a él y le dijo: “¡Lee!”. El Profeta respondió: “No sé leer”. Entonces, Gabriel le estrechó con sus brazos hasta dejarle sin hálito. Luego le soltó y le volvió a decir: “¡Lee!”. El Profeta contestó de nuevo: “No sé leer”. Gabriel, volvió a estrecharle fuertemente con sus brazos. Luego le soltó y le ordenó: “¡Lee!”. El Mensajero respondió otra vez: “No sé leer”. Entonces, Gabriel, le transmitió la Palabra; las primeras palabras de la revelación ansiosamente esperada que iba a recibir durante veintitrés años: el Sagrado Corán:

“¡Lee! En el nombre de tu Señor que ha creado * Ha creado al ser humano a partir de un coágulo de sangre * Lee. Tu Señor es el Munífico. * Quien ha enseñado a través de la escritura. * Ha enseñado al ser humano lo que no sabía”.

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