LA FELICIDAD Y LA ÉTICA ESPIRITUAL. LA BIOESPIRITUALIDAD O LA ERRADA SENDA DEL MÍSTICO AUTODIDACTA.


No hay persona sobre la faz de la tierra que no desee llevar una vida feliz. Y todos nosotros, de un modo u otro, nos afanamos por conseguir los medios que, según creemos o intuimos, pueden ayudarnos a alcanzar este propósito. Pero ¿qué significa vivir felizmente? Y, más concretamente, ¿qué es la felicidad?


La felicidad ha sido tema de estudio de numerosos pensadores, maestros espirituales y filósofos desde los albores de la existencia del ser humano. Sin embargo, no ha habido unanimidad en cuanto a la definición de la felicidad, a pesar de ser la meta anhelada por todas las personas. Tal vez, una explicación de ello se deba a las diferentes culturas, filosofías, religiones e ideologías que han existido en el mundo y que, consecuentemente, han configurado los crisoles donde se han fundido los diversos conceptos que se han esgrimido sobre la felicidad.


Hay gente que ha dicho que la felicidad consiste en llevar una vida virtuosa; otros han afirmado que una vida feliz consiste en saber mantener un equilibrio en todas las dimensiones de la vida; otros, que la felicidad consiste en que el ser humano sea libre y obre con libertad; otros, que la persona obtiene la felicidad cuando actúa conforme a sus principios y sus ideales; otros han dicho que, la felicidad, es algo propio de cada persona y, que, consecuentemente, no habría una felicidad, sino muchas formas de ser feliz.


Tampoco existe un acuerdo sobre si la felicidad es en sí misma un fin o, por el contrario, existen cosas felicitantes que, una vez puestas en práctica, generan en nosotros un estado de bienestar – ya sea físico, psíquico o espiritual – donde, de un modo u otro, nos sentimos felices. Sin embargo, del mismo modo en que no existe una única definición sobre la felicidad, tampoco existe consenso sobre qué cosas son felicitantes en sí mismas y, por consiguiente, qué formulación mágica de esos elementos felicitantes sería la idónea y, sobre todo, en qué modo debería aplicarse, para producir en nosotros esa ansiada felicidad.


Como hemos dicho, ha habido infinidad de autores de muy diverso perfil que han dedicado toda o parte de su producción intelectual y/o espiritual para hablar sobre el concepto de la felicidad. Pero, a pesar del ya citado disenso que ha existido, sí que deberíamos percatarnos de un hecho fundamental en el que deberíamos meditar y que, además, nos demuestra algo incuestionable: que alcanzar la felicidad – sea cual fuere – es un sentimiento inherente al ser humano y, que éste, desea realizar en su existencia y materializarlo.


Todo ser humano ostenta una esencia propia que le acompaña durante toda su vida. Y a pesar de nuestras diferentes disposiciones éticas o modos de entender y vivir nuestra propia existencia, esta esencia es la fuente que genera nuestra experiencia sentimental, y es la virtud por la cual tomamos decisiones de carácter moral o humano.


Esta esencia es la que nos hace que aceptemos o rechacemos – con más o menos intensidad – palabras, actos y situaciones que se presentan en nuestra vida. Y los sentimientos y sensaciones que emanan de lo más profundo de nuestro fuero interno son comunes a todos los seres humanos y producen en nosotros estados de amor, odio, cariño, desprecio, alegría, tristeza, empatía, etc.


Esta esencia es el motor de nuestro ser, nuestra consciencia más profunda y sensible, la que nos exige e impone – aun sin percatarnos de ello – un posicionamiento respecto aquellos asuntos que nos afectan directa o indirectamente en la relación con nosotros mismos o con el resto de personas. Es aquí, en las diferentes relaciones que podamos entablar y establecer con el resto de nuestros congéneres humanos, donde florecen nuestros sentimientos más puros.



LOS PROBLEMAS QUE ADOLECE LA SOCIEDAD


Hoy día, uno de los problemas patentes y palpables que adolece nuestra sociedad es la tremenda degradación humana, manifestada en muchos y diferentes ámbitos, tanto a nivel individual como colectivo. No vamos a poner sobre el tapete ni tampoco a analizar los múltiples y diferentes factores que nos han abocado a esta situación de degradación – por no decir degeneración – pero sí que me gustaría hacer énfasis en uno de ellos.


Nuestras sociedades han experimentado un avance tecnológico inimaginable. En este ámbito, el ser humano ha sido capaz de aportar y desarrollar tal cantidad de invenciones que, hace no muchas décadas, podrían ser consideradas, no sólo magia, sino elementos propios de la literatura más fantasiosa e imaginativa. Y, como suele decirse, la realidad ha superado con creces la ficción.


Desgraciadamente, el progreso tecnológico ha sido proporcional al retroceso que la sociedad, como colectivo, ha experimentado en valores y principios humanos. Somos conscientes que en nuestras sociedades que, supuestamente, gozan de uno de los niveles económicos y de bienestar más altos del mundo, encontramos como se han extendido y agravado problemas como la soledad, la pobreza, la desigualdad, el racismo, la xenofobia, el suicidio,... de un modo exponencial. Sin embargo, lo que más nos causa pesadumbre – o, por lo menos, debería causárnosla – es el desentendimiento y la falta de empatía desde los estamentos púbicos y los poderes fácticos para con las personas que están sufriendo estas enfermedades sociales.


Como acabamos de citar, nosotros, como ciudadanos de sociedades postindustriales, sentimos que a pesar de tener a nuestro alcance todos los medios felicitantes que el sistema nos ofrece – muchos de ellos materiales y relacionados con el consumo –, no por ello nos sentimos más felices ni, muchos menos, somos más felices.

La razón de ello, es que nuestro propio ser – aquella esencia a la que hacíamos referencia al principio –, aun habiéndose atiborrado de todo aquello que le vendían – y nunca mejor dicho – como algo felicitante en sí mismo, siente un vacío interno, una necesidad no satisfecha. Incluso, paradójicamente, cuanto más nos entregábamos a estos elixires, más dependencia nos genera y, además, nunca llegan a saciar nuestra hambre existencial.


En este contexto, son muchísimos los casos de personas que han sido abducidas por una espiral que invita a los excesos. Y, éstos, no sólo no han sido malos en muchos casos – como consecuencia lógica y consecuente de todo exceso –, sino que además, han provocado enfermedades físicas, psicológicas y espirituales hasta ahora desconocidas en la historia de la humanidad.



Estos factores han hecho que dentro de nuestras sociedades encontremos movimientos humanos que, tras un llamamiento surgido desde su esencia más pura y un ejercicio de consciencia real, se han percatado de esa necesidad humana que sienten en su interior, y han comenzado a auscultar otros modos alternativos de vivir la vida – valga la redundancia – a las que, hasta el momento, no se les había ofrecido atención por diversos motivos, con el fin de saciar lo que verdaderamente precisa alimento y cuidado: nuestro ser existencial.


Continuará...


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